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Como ocurre en casi toda la provincia de Cádiz, sus ciudades y pueblos han cobrado forma con los distintos asentamientos que se han ido sucediendo a lo largo de la historia. Arcos de la Frontera es fiel testimonio de su legado y ello puede verse en sus calles, en la piedra de sus monumentos y en la documentación histórica que esconde los avatares de un ciudad importante Arcos de la Frontera es uno de esos lugares donde se palpa la historia. No en vano, se dice que fue fundada por el rey Briga, nieto de Noé, allá por el año 2000 a.C. Según estudios recientes sobre ocupaciones humanas en época prehistórica, se han podido constatar importantes asentamientos postpaleolíticos en la zona de Arcos. Asimismo, el pueblo romano sembró buena parte de sus costumbres sobre todo en el siglo I donde hubo una ocupación total, fiel testimonio de ello son las ruinas de la villa del Lentiscal. Pero, quizás, el asentamiento más relevante en este municipio fue el musulmán, debido a la gran herencia que ha dejado: el trazado urbano de sus calles, su alcazaba, su muralla, sus molinos, etc. De hecho, en el término municipal de Arcos se localizan restos de la ciudad de Caselna, que fue durante un tiempo capital de la cora de Sidonia, distrito al que perteneció Arcos hasta que, debido a la crisis de Caselna y el crecimiento de Arcos, ésta última llegó a convertirse en un reino taifa independiente hasta que allá por 1068, fue anexionada por el reino de Sevilla.
Las tropas del rey Alfonso X el Sabio arribaron en Arcos en 1255 aunque no fue hasta 1264 cuando consiguen reconquistarla, dando paso a la expulsión de los moros que allí se asentaban.
Desde el siglo XV, se convierte en ciudad señorial. En 1440, tras pasar de mano en mano, es entregada a la familia Ponce de León, que se convirtieron en los primeros duques de Arcos y que conservaron el título hasta el siglo XVIII. La caída del Antiguo Régimen trajo consigo el final de la época señorial. |